Putis y los mitos sobre el conflicto armado

putisMis alumnos del ciclo que llegó la semana pasada a su fin no habían nacido cuando se produjo el incendio de ánforas en Chuschi y tenían cinco o seis años cuando Abimael Guzmán fue capturado. Sin embargo, al inicio del ciclo repetían con mucha convicción el más frecuente mito sobre el conflicto armado que existe entre los limeños: “Hasta que estalló el coche bomba en la calle Tarata, aquí nadie sabía lo que estaba pasando en la sierra”.

En realidad, los apagones, coches bomba y asesinatos selectivos aterrorizaron por varios años a los limeños. El mito de la ignorancia sirve más bien para excusar la indiferencia que generaba el destino de los habitantes de las zonas andinas, una indiferencia que se ha repetido frente al hallazgo de las fosas de Putis.

El caso Putis permite, además, enfrentar otros mitos que subsisten en relación al periodo de la violencia política, especialmente por la crueldad y premeditación con la que fue cometida la masacre (como se sabe, más de cien campesinos fueron obligados a cavar su propia tumba y luego fueron fusilados con sus familias, incluyendo niños pequeños). Estos hechos terribles, por ejemplo, dejan sin piso la reiterada referencia limeña a “la época del terrorismo”, como si solamente un bando del conflicto hubiera actuado contra la población civil.

Actualmente, además, es imposible seguir afirmando que los crímenes cometidos por los militares eran casos aislados, como quizás podría deducirse de la película La boca del lobo, es decir que los crímenes se debían al nerviosismo, la malignidad o los problemas psicológicos de algunos policías o militares. En realidad, al menos entre 1983 y 1985, las masacres de campesinos tenían un carácter intencional y sistemático.

De otro lado, se hace fundamental revisar la frecuente afirmación que en el conflicto armado no había un componente étnico decisivo. La condición de indígena (rasgos físicos, vestimenta, idioma, apellido) no sólo volvía sospechosa a una persona, sino que justificaba que fuera asesinada. Los militares mataban a los pastores evangélicos que se habían opuesto tajantemente a los senderistas o a todos los habitantes de una aldea, incluyendo niños de brazos (aquellos que inclusive los militares argentinos permitían sobrevivir). Los indígenas eran vistos como seres prescindibles. Por ello, más que comparar la experiencia peruana con la de Argentina o Chile, es más recomendable hacerlo con lo ocurrido en Guatemala, donde también hubo muchas masacres con la misma modalidad que en Putis y donde abiertamente se habla de genocidio.

Otro mito extendido es que los crímenes cometidos por los militares fueron el terrible costo que el Perú tuvo que pagar para la pacificación. La verdad es que la derrota de Sendero Luminoso en 1992 no tuvo ninguna relación con matanzas como la de Putis en 1984. En realidad, la sucesión de atrocidades entre 1983 y 1985, en lugar de detener a la subversión, deslegitimó totalmente al Estado presentándolo como un ente monstruoso, favoreciendo el crecimiento exponencial de Sendero Luminoso.

Por eso, las fosas de Putis quiebran también otro mito que hubiera causado profunda sorpresa en aquellos años: que Fernando Belaúnde era un gobernante democrático y pacífico. Las ejecuciones masivas de civiles, la brutal tortura de los detenidos, la violación sexual de millares de mujeres, fueron prácticas permanentes de las Fuerzas Armadas y Policiales durante su gobierno.

Este benevolente mito incluye la percepción que Belaúnde, como los demás limeños, “no sabía” lo que ocurría. Bastaría revisar La República u otros periódicos esos años para ver cuán falsa es esa percepción. La misma Amnistía Internacional escribió muchas cartas a Belaúnde y él se jactaba de arrojarlas a la basura y mantener su respaldo a los militares. Para que no quedara ninguna duda, en 1984, el Parlamento, dominado por Acción Popular y el PPC, aprobó la Ley 24150, que estableció la amnistía frente a los crímenes cometidos hasta entonces (a quienes no les gustan los mitos, les interesará saber que también Valentín Paniagua votó por esa norma).

No olvidemos que Belaúnde había crecido en un mundo donde los indígenas eran seres inferiores, sin ningún derecho. Por eso, a nuestro modo de ver, él sí pensaba que podía sacrificarse sus vidas para derrotar a los subversivos.

Finalmente, muchas veces, los peruanos tenemos el mito que la guerra con Chile fue el período más doloroso de nuestra historia. En realidad, las fosas de Putis nos confirman que este período se produjo hace muy pocos años… y que los responsables fueron peruanos, que se encuentran en la impunidad.

Por eso, estas fosas no sólo nos transmiten información sobre las víctimas de Putis, sino sobre la sociedad peruana y sobre cada uno de nosotros. Por eso es tan importante para muchas personas no prestar atención a Putis: hacerlo implicaría confrontarse con ellos mismos y nada mejor que algunos mitos tranquilizadores para evitarlo.

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Un comentario en “Putis y los mitos sobre el conflicto armado

  1. Una muestra mas de la desidia racista de la “sociedad criolla” limeña, frente al futuro del resto del país. Tal parece que nosotros nunca contamos en sus planes. La única solución para cambiar esta LACRA, es con leyes contundentes que propugnen la igualdad entre la mayoria (el Runa) frente a la minoría extranjera que tiene los medios económicos, de nuestra patria, por robo y para nuestra desgracia.

    Joc punchay tupasunchis

    Amaru Uscamaita

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