Alan vs. Obama

Las recientes declaraciones de Alan García contra los vaticinios del presidente electo Barack Obama son sólo la continuación de sus desafortunados y pretendidamente optimistas pronósticos, según los cuales el Perú podría ser un país refugio de los ahuyentados inversionistas. El problema de fondo es que García no entiende la naturaleza de una crisis como la que actualmente se vive en el mundo, y cuya razón de ser es el quiebre de un principio básico para el funcionamiento de la economía: la confianza. Para nuestro gobernante, éste es un concepto ideológico y no un elemento psicológico.

Mucha gente cree que el sistema económico y la confianza en él se pueden medir por una serie de indicadores (por ejemplo, un alto crecimiento sostenido o por la estabilidad jurídica a largo plazo). Pero cuando la confianza se ha roto –como en este caso–, entonces entramos al terreno de la pura incertidumbre y a la imposibilidad de medir o cuantificar en el tiempo la profundidad, características y duración de la crisis. De allí que los principales economistas mundiales no se animen a predecir absolutamente nada; es más, dicen abiertamente que nadie puede saber exactamente cuándo acabará esta constante caída en picada.

Sobre todo cuando “la recuperación de la confianza” es un proceso que está enfrentando un obstáculo formidable. La intención del gobierno de Bush (y quizá incluso el de Obama) es que los inversionistas y el público recuperen la confianza en los mismos banqueros que han volatilizado trillones de dólares, dejado a millones de personas sin viviendas, provocando cierres de sectores enteros de la industria y despidos masivos en las principales economías del mundo. Además, el plan de rescate armado por el gobierno norteamericano –a pesar de ser una cifra fabulosa (700 mil millones de dólares)– no llega a cubrir ni el 5% de lo que se necesitaría para cubrir el “hueco” e intentar reflotar el sistema.

Construir este valor intangible requiere, por tanto, de líderes que como primera condición tengan el poder de inspirar confianza en la sociedad. Y ese justamente es el gran activo de Barack Obama, quien ha despertado la confianza no sólo de los norteamericanos, sino también de muchos ciudadanos alrededor del planeta. Ese liderazgo se apoya en la verdad, por más dura que ésta resulte; de allí que Obama haya dicho claramente que la economía va a empeorar antes que mejorar en el 2009. Sea cual sea el plan que siga su gobierno, la mejor señal de un posible éxito es partir por reconocer la gravedad de la situación.

El problema del presidente Alan García es justamente lo inverso a la ventaja de Obama. Su principal pasivo es la desconfianza, no la confianza. Recordemos que nuestro gobernante ha incumplido sus promesas electorales, ha creado diversas cortinas de humo (pena de muerte para violadores, shock de inversiones, Pacto Social, ONA, Sierra Exportadora, Agua para Todos, etc.) para eludir enfrentar problemas serios en el país. Es más, su propuesta de plan “contracíclico” se ve trabado por un Estado condicionado a frenar el gasto público, al que García ha sido incapaz de reformar. Visto en perspectiva, en su primer gobierno robó el programa de la izquierda y llevó al país al desastre; y en su segundo gobierno ha robado el programa de la derecha, creando un abismo social nunca antes visto, con el consiguiente aumento de los conflictos en todo el país. En consecuencia, no puede pretender que nos traguemos su “optimismo”.

Para entenderlo mejor propongamos el siguiente ejercicio. Preguntemos a todos esos empresarios que apoyan a García si ellos pondrían su dinero en manos del actual mandatario, suponiendo que éste fuera un banquero. Ciertamente, tanto los inversionistas como los empresarios locales confían en los ministros de Economía y la tecnocracia, antes que en un gobernante tan volátil y desprovisto de identidad política. Por otra parte, casi el 80% de los peruanos desaprueba su gestión y lo recibe con bolsas de agua y botellazos en sus intentos por congraciarse con la población.

En consecuencia, cuando el presidente García critica a Obama sólo está repitiendo una lección de aprendiz de brujo, esta vez neoliberal. No entiende que, desde el punto de vista de la confianza, Barack es percibido como un personaje confiable diga lo que diga (más aún, si dice la verdad), mientras que él sólo despierta suspicacias y desconfianza, por más “optimista” que se muestre. De hecho, haría muy bien Alan García en callarse y guardar el mayor silencio posible para no generar más bien pesimismo, y, de paso, atizar aún más la grave inseguridad social que ya viene siendo su principal herencia.

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