Cholómetros y choledades

Parque de la Exposición, domingo por la tarde. Un grupo de sikuris danza y toca sus zampoñas. Cuando terminan, la multitud aplaude y en medio del entusiasmo, un niño grita:

– ¡Vivan los cholos!

La gente se ríe, los músicos se sorprenden y la mamá del niño le advierte que no debe decir eso. Para él, cholo quería decir simplemente una persona de rasgos andinos como los músicos y a su edad no sabía que esta palabra puede tener muchos otros significados. En realidad, precisarlos es algo complicado, porque palabras como pituco, blancón, moreno o gringo se pueden usar para personas muy distintas (a mí hasta gringo me han llamado unos indígenas mexicanos en Yucatán).

La acepción más inocua implica identificar cholo con peruano. Ese sentido tiene esta palabra ahora que la Municipalidad de Piura ha establecido el Cholonoel, que vestido como chalán viaja en una carreta jalada por un burrito. También aparece este significado en las expresiones Chollywood (para referirse a los actores nacionales) y cholonautas (internautas peruanos) o en www.choledadprivada.com, donde Oscar Montezuma y José Luis Gargurevich se dedican a comentar sobre choledades, es decir problemas existenciales de los peruanos.

Otras veces, cholo alude a alguien de rasgos físicos andinos, con una carga más humorística que ofensiva, como los taxicholos de Sicuani o Juliaca, o el cholomático, el empleado bancario que, en algunas ciudades de la sierra, hasta hace unos años atendía en una cabina retiros nocturnos. Sin embargo, lo más frecuente es aludir a estos rasgos de manera ofensiva, atribuyéndoles ingenuidad (“lo quieren hacer cholito”), incompetencia (“cholo tenía que ser”) o ignorancia (“cholo bruto”). De allí el carácter despectivo de las expresiones cholería o cholerío. A este sentido ofensivo alude Jorge Bruce cuando titula su libro Nos habíamos choleado tanto. Cholear quiere decir humillar, algo así como denigrar, una palabra que el propio Bruce explica que quiere decir “tratar como negro”. “En el Perú, todos somos el cholo de alguien”, precisa, para describir las cadenas de discriminación entre peruanos.

De otro lado, conozco varias personas, normalmente mayores que yo, que usan cholo para enfatizar, como una especie de che rioplatense. Sin embargo, el término permite, de esa manera encubierta y ambigua que tanto gusta a algunos peruanos, mostrar superioridad o burlarse del otro. “¡Te voy a decir por qué pasa esto, cholito!”, dice un profesor universitario a un colega. “¡No te pases, chola!”, reclama una secretaria. Entre limeños jóvenes, de clase media y/o alta, la expresión “¡Qué cholo!” se refiere a algún comportamiento típico de los sectores populares y emergentes, desde la vestimenta hasta el lenguaje. Inclusive se elaboran cholómetros, donde uno puede medir qué tan cholo es, si llama “amigo” a un desconocido, si se lleva los jabones del hotel, si se llama Leidy o Jonathan, o si dice padrino al padrino y mamita a la mamá.

Los cholómetros se actualizan, incluyendo a quienes ostentan sus MP3, IPODs o televisores de plasma, lo cual, en el fondo, describe los cambios en la distribución del dinero en el Perú. Inclusive, en mi profesión se ha establecido un cholómetro legal, donde se condenan actitudes como pasear enternado por Las Begonias a mediodía llevando bajo el brazo el diario Gestión o el acto de litigar, una actividad que para algunos futuros abogados es “para cholos”.

Muchas personas señalan que al criticar los comportamientos cholos no aluden a los rasgos físicos:

– Por ejemplo –me dice una amiga de la universidad-, eso es una actitud chola.

Es sábado por la noche y dos jóvenes trabajadoras del hogar que comenzaban su descanso dominical, paradas en medio de la pista, habían detenido varios taxis y bloqueaban ambos carriles. Sin embargo, dudo que si hubieran sido dos señoras blancas, mi amiga habría pensado que estaba ante una actitud chola, sino simplemente un caso de irresponsabilidad.

“Hay ONGs de cholos y ONGs de blancos”, me decía una abogada hace muchos años. “Mis problemas son porque ésta es una ONG de cholos”. Ella se refería a prácticas institucionales como las dificultades para aparecer en público o el énfasis en la jerarquía en las relaciones personales, pero era mucho más blanca que todos sus colegas, incluyendo este servidor. Finalmente, cada vez más se escucha cholo de manera reivindicativa, por parte de personas que se sienten cholas: En Vitarte o San Juan de Lurigancho he escuchado frases como: “Los cholos somos los que más trabajamos” o “El Perú avanza gracias a los cholos”.

La mayoría de mis familiares y amigos se abstiene de usar cholo en cualquiera de sus sentidos, pero en un país como el Perú, donde el lenguaje evoluciona rápidamente y términos como faenón o hacer click se incorporan en horas al habla coloquial, el uso de cholo podría continuar evolucionando. Quizás en el futuro, nos veremos todos los peruanos como cholos o dejaremos de cholearnos. Quizás, cuando alguien grite “¡Vivan los cholos!”, todos los presentes, independientemente de sus rasgos físicos, simplemente contesten “¡Viva!”.

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