Ernesto Velit: Lecciones de Bagua

Los trágicos sucesos de Bagua han servido para mostrarnos las debilidades de nuestra organización como república, los limitados alcances de nuestra legislación y la falta de una interpretación auténtica de lo que llamamos la pluriculturalidad y la diversidad de identidades. También hemos aprendido, dolorosamente, que no todos los peruanos recibimos el mismo trato del Estado.

Y nos preguntamos si estas incongruencias son producto de lo mal estructuradas que están las leyes, de la incapacidad de los obligados a aplicarlas o, de pronto, de que el orden social y político del país requiere modernizarse, lo que significa someterse a un proceso democratizador integral y sostenible.

Bagua demostró que una democracia como la nuestra no tiene capacidad para proyectar la participación de la ciudadanía, para garantizar la fiscalización del poder, para exigir la vigencia de un contrato social de sentido humanista, para oír a los excluidos y para reconocer la universalidad del ser humano.

Las víctimas de Bagua pudieron evitarse si se hubiera tenido la voluntad de encarar el problema desde su comienzo. Cada vez que nos enteramos más de lo sucedido, nuestra indignación aumenta porque la irresponsabilidad del Estado causó muertes de inocentes y deterioró la imagen internacional del país.

Decía hace poco Oswaldo de Rivero que “si los países no armonizan su economía con el medio ambiente, las naciones pasarán de la búsqueda de la riqueza a la búsqueda de su sobrevivencia”.

Llena de contradicciones y paradojas está la situación actual. No hay explicación oficial de lo sucedido, no se definen responsabilidades —que se evaden con el pretexto de no abandonar el cargo en momentos de crisis—, no se definen nuevos rumbos que nos protejan de experiencias como la que vivimos. Demasiada incertidumbre. ¿Da nuestra organización republicana para asumir esos retos? O debemos refundar un nuevo orden, lo que significa nuevos contratos, ante el fracaso de nuestra democracia.

La gobernanza —papel de la política— se muestra absolutamente obsoleta. Las manos que conducen no logran esconder su incapacidad. El panorama político del corto y mediano plazo aumenta las incertidumbres y ensombrece el horizonte del país. Razón tenemos para creer que aún nos aguardan nuevos fracasos. La democracia no puede ser utilizada como instrumento de poder y dominación. Los derechos políticos deben alcanzar a todos los ciudadanos por muy lejos del centralismo gubernamental en que se encuentren. La democracia no es recurso de élites ni sinónimo de intolerancia.

Así no podremos jamás apostar por la paz y, menos aun, por el Perú del siglo XXI.

Está visto que este modelo de democracia que padecemos no garantiza participación ciudadana, justicia igualitaria, mejora social, moral y ética en las relaciones humanas. Estamos abandonando a su suerte todo lo que tiene que ver con los derechos a una vida digna. La reforma del Estado debe venir por el debate de una nueva Constitución, y ello pasa por la necesidad de convocar una Asamblea Constituyente orientada a formular las bases de una nueva república; nueva en sus cimientos sociales y jurídicos, con una visión humanista de siglo XXI, rescatando nuestra pluriculturalidad, desterrando consignas y banderas, y ratificando el valor de la existencia humana.

El compromiso deberá ser asumido por los sectores sociales, políticos, económicos, académicos y culturales. La contribución de los intelectuales es imprescindible. La solidaridad debe presidir la tarea en la búsqueda de formar un nuevo hombre justo, más humanizado, más plural, más constructivo. No permitamos que las muertes sean en vano. Respetemos las experiencias, las identidades, los medios de vida y busquemos recoger todo ello en un nuevo contrato social.

Tomado de El Comercio. Autor: Ernesto Velit G – Analista político

Mira estas noticias relacionadas:

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.