Lunes, 21 de setiembre del 2009

En la localidad cusqueña de Pichari, los crímenes de Sendero Luminoso siguen presentes. Después de 18 años, deudos de matanza enterraron a sus familiares.

En Juliaca, a pedradas impiden sesión municipal que discutía vacancia del alcalde.

En Chiclayo, obreros se enfrentan a la Policía durante gresca por cupos de trabajo.

En Pucallpa, un colegio recientemente inaugurado presenta graves deficiencias en su construcción.

Y en Andahuaylas, la sagrada imagen de la Virgen de Cocharcas fue condecorada por el Congreso de la República.


Afectados por la violencia terrorista lograron, después de 18 años, enterrar a sus familiares asesinados por Sendero Luminoso. Fue la madrugada del 1 de marzo de 1991, cuando varias columnas senderistas ingresaron a la comunidad de Mantaro, en el distrito cusqueño de Pichari, en el valle de los ríos Apurímac y Ene, VRAE. Los subversivos reunieron a los pobladores y acusaron a todos de ser “soplones”. Acto seguido los torturaron y asesinaron a 19 de ellos, mientras que otras 17 quedaron heridas. Las primeras víctimas fueron los dirigentes, a quienes los terroristas mataron sin piedad, utilizando machetes, palas y picos, según relatan los propios familiares. Ese mismo día reclutaron a 42 jóvenes, de los cuales 12 lograron escapar para regresar a su lugar de origen.


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