Las muertes de la Carretera Central

A fines de febrero, el pequeño William Alvarez Palomino falleció de frío en las alturas de Ticlio. William se dirigía con su madre hacia Pichanaki en un ómnibus de la empresa Lobato, pero una nevada había bloqueado el camino y el vehículo no tenía calefacción. El frío y la altura de más de 5,000 metros fueron mortales para él.
Ni en Ticlio, ni en ningún otro lugar de la Carretera Central entre Ricardo Palma y La Oroya existe un servicio de salud disponible para acudir en auxilio de los pasajeros que pueden quedarse varados en el camino por una nevada o un huayco.
La muerte de William de ninguna manera es un caso aislado. De igual manera, en años anteriores, los bloqueos de la Carretera Central protagonizados por los trabajadores que respaldaban a la empresa Doe Run o aquellos que se enfrentaban a la empresa Casapalca han generado muertes de ancianos, niños o de personas que eran conducidas en ambulancia hacia algún hospital de Lima.
Pocos días después, el viernes 25, una nueva tragedia se produjo en misma carretera, esta vez a la altura de San Bartolomé, donde un ómnibus de la empresa “La Perla del Oro” se desbarrancó con un saldo de 28 muertos, que posteriormente se ha elevado a 32. El accidente ocurrió cuando el chofer quiso evitar chocar con un camión que había invadido su carril. En la Carretera Central, como todas las demás pistas de la sierra, solamente hay un carril en cada sentido, por lo cual estas desgracias son muy frecuentes.
Naturalmente, jamás podría ocurrir un accidente así a quienes veranean en las playas de Asia: la Carretera Panamericana Sur tiene cuatro carriles en cada sentido, con una ancha berma en el medio. El Estado prefiere invertir en la seguridad de las personas más acaudaladas del país, encogiéndose de hombros frente al destino de quienes transitan por la Carretera Central.

Si nos fijamos en las declaraciones de los funcionarios estatales, parecería que el único problema pendiente de esta vía es el embotellamiento que padecen en Huachipa quienes emplean la autopista Ramiro Prialé para ir a sus clubes de Chosica o Chaclacayo.
La diferencia en la atención que se brinda a la Carretera Central y la Carretera Panamericana Sur (en sus primeros 120 kilómetros) refleja que hay dos políticas distintas que tiene el Estado peruano frente a quienes considera diferentes por razones económicas… O también podría decirse en términos étnicos: autopistas seguras para los blancos y carreteras precarias para los cholos. Y cualquier viajero confirmará que la Carretera Central es una vía privilegiada frente a las trochas o caminos afirmados por los que existen en el resto de la sierra. Es evidente que a menos importantes parecen ser los habitantes de un lugar, menos gastará el Estado en su seguridad.
No soy el único que establece una relación entre discriminación e inversión estatal en seguridad: la Defensoría del Pueblo, en su diagnóstico sobre discriminación, ha señalado que el Estado peruano gasta mucho más en controlar la seguridad del transporte aéreo que en la seguridad del transporte terrestre, pese a que los pasajeros de este último son muchísimo más numerosos… pero, claro, son menos adinerados. Esto sucede también con la prevención de las muertes de conductores debido al alcohol: el Ministerio de Transportes ha dirigido su campaña “Amigo Elegido” para evitar muertes en sectores altos y medios, como si se asumiera que los demás pueden seguir muriendo.

En los primeros meses de este gobierno, el Ministerio de Transportes anunció que se construirían vías alternativas a la Carretera Central, que permitieran llegar a Huancayo desde Huacho o Cañete. Años después, estas vías están inconclusas o muestran una precariedad que desalienta a cualquiera que aprecie su vida. Hace varias décadas, Enrique Solari Swayne escribió el impactante drama Collacocha, sobre la épica construcción de una carretera que, por fin, uniría a la costa con la selva, permitiendo la integración nacional. Su personaje principal, el ingeniero Echecopar, durante muchos años interpretado por Luis Álvarez, había decidido alejarse de los señoritos limeños que vivían en una felicidad egoísta y menospreciaban a su país. Si el dramaturgo estuviera con vida, podría muy bien preparar otra obra con el tratamiento de peruanos de segunda categoría que reciben quienes utilizan la carretera que él imaginó.
Las frecuentes muertes en la Carretera Central hacen urgente el ensanchamiento de esta vía, así como la construcción de verdaderas pistas alternativas. Se podría pensar también en volver a usar el ferrocarril. Todo esto, en una ruta tan importante, debería ser prioridad para cualquier gobierno. La mayoría de quienes tienen capacidad de decisión en nuestro país, sin embargo, tienen otros temas que discutir. En todo caso, para ellos siempre es una opción tomar el avión a Jauja y olvidarse de los problemas que enfrentan quienes viajan por carretera. El problema, en realidad, no es la carretera, sino la discriminación que viven quienes la utilizan. Si Ticlio o La Oroya fueran los lugares de moda entre la clase alta, seguramente habría hacia allá una espléndida autopista.

Mira estas noticias relacionadas:

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.